
Señor Rector, señoras y señores profesores, alumnas y alumnos de la Pontificia Universidad Católica del Perú: Gracias por un honor que llena de alegría a un viejo sanmarquino que goza una vez más de su hospitalidad.
NOS al igual que el ágora griega, el foro romano, o el tinkuy andino evoca un nosotros y un ñuqanchis un lugar de encuentro. Sus trazos subrayan la vocación de apertura de la comunidad universitaria y definen un espacio instituido para compartir allende las aulas, los patios, los seminarios, los talleres y los laboratorios las preocupaciones, los devaneos, los logros, los esfuerzos, los ideales, y las cuitas de docentes y estudiantes, investigadores y estudiosos, artistas y científicos, humanistas y matemáticos. Reunidos para dar inicio al año académico, ahora a pocos días de unas elecciones que se efectuarán mientras la patria, nuestra patria, atraviesa zonas de oscuridad y turbulencia, plagadas de confusión e incertidumbre, polarización y fragmentación, desencanto y desconfianza que han traído a la superficie viejas grietas.
Empiezo esbozando una suerte de telón de fondo. Ahí están representadas las circunstancias aludidas que agravan la desigualdad estructural, la falta de oportunidades, la desconfianza en las instituciones, la poca eficiencia en la gestión pública, la informalidad, la desinformación y las economías ilegales, terreno fértil para el crimen organizado, la corrupción y la inseguridad ciudadana. Enfrentar toda esa amalgama es el desafío del presente. Una ingente tarea para nuestra democracia y nuestra república.
Tiempos disolventes, desconcertantes y violentos que parecen difuminar la idea misma del bien común. Tiempos de duelos no resueltos que no permiten velar ni enterrar a nuestros muertos, de discursos políticos y enfrentamientos culturales impregnados de lo que Richard Hofstadter llamó un estilo paranoide, intransigente y sectario que impide todo intercambio de ideas. Tiempos de enfrentamientos tribales y de pasiones punitivas.
Son parte del ethos de una época, la nuestra, intoxicada por una tecnología cada vez más potente y eficiente, que parece desdeñar todo control e ignorar toda reflexión sobre los efectos negativos previsibles del desarrollo científico. El dios protésico anticipado por Freud en El malestar en la civilización ha tomado por asalto la cumbre de un Olimpo biotecnológico y consumista. No es de extrañar la fascinación hipnótica que la tecnología y el dinero ejercen sobre quienes gobiernan y sobre quienes aspiran a hacerlo. Parece que aquello que en tiempos homéricos se conocía como hybris –ese amasijo de desmesura, descontrol, desprecio por los otros, vanidad, soberbia y megalomanía– definiese la tendencia contemporánea.
¿Cómo retomar la solidaridad y la responsabilidad colectiva en pro del bien común?
Benedict Anderson caracterizó la nación como una “comunidad imaginada” en la que los individuos sin conocerse personalmente comparten una construcción simbólica. Veamos: una comunidad, a estar por las ideas de Humberto Maturana, una comunidad se realiza en la convivencia cotidiana que va dibujando una red de relaciones donde se comparten prácticas, emociones, significados y maneras de actuar. Estas interacciones van formando el tejido social de donde nacen los imaginarios colectivos. A partir de formas de convivencia y redes de conversaciones surgen y se consolidan leyes e instituciones. De la inicial “aceptación del otro como legítimo otro” puede surgir la cooperación, la confianza y la comunalidad que son los cimientos de la democracia, que en esencia es un modo de convivencia basado en el respeto del otro.
Comunidad “IMAGINADA”, la imaginación concibe e impulsa una construcción simbólica. La imaginación, aquella facultad humana que no solo representa la realidad, sino que la crea –ya lo dijo Aristóteles—. Facultad que, por decirlo con Cornelius Castoriadis, tiene un carácter radical-constitutivo. Radical porque hunde sus raíces en la tierra y despliega sus alas para crear realidades y dar lugar a los imaginarios que organizan la vida colectiva. Ahora bien, si el orden social se sostiene en una urdimbre de imaginarios compartidos, esta urdimbre puede ser transformada: repensar la sociedad en clave más justa implica reconfigurar esos imaginarios para situar nuevamente en el centro principios y valores tales como el bienestar colectivo, la cohesión social y la cooperación que orienten tanto las prácticas cotidianas como la acción pública.
Propongo que ensayemos un experimento mental. Un experimento ambicioso. Imaginar las condiciones que harían posible un nuevo pacto social. Un pacto por la afirmación de los valores fundamentales de la vida pública. Ello implica una transformación de nuestros patrones de relación, de nuestras formas de convivencia, de los temas que privilegiamos en nuestras conversaciones. Como hemos visto, los imaginarios sociales surgen de la experiencia común, de los relatos, símbolos y prácticas culturales, de las alegrías y los pesares, los recuerdos y los olvidos, las furias y las penas compartidos día a día que con el tiempo sedimentan y forman la base de la identidad colectiva que encontrará la manera de imaginar la silueta de su nación, de su historia, su pasado y su presente, de sus apuestas por el futuro, por la innovación y el desarrollo. Creaciones colectivas que movilizan emociones, dan sentido a la vida en sociedad y enrumban la acción política.
Antes de continuar, quisiera recordar que tres siglos de un orden social jerárquico y estamental y una estructura institucional marcadamente estratificada habían dejado huellas profundas. Costumbres señoriales y serviles en contrapunto, desigualdades consagradas, sistemas de trabajo forzado que definieron los modos de vivir se habían asentado en nuestra psique y trazado los rasgos de una identidad social y cultural que parecían grabados en piedra. No obstante, a finales del siglo XVIII y principios del XIX se produjo una profunda mutación.
Como en los días de nuestra independencia podríamos empezar cambiando el “universo léxico-semántico” expresión del entramado simbólico que ordena la vida colectiva para atrevernos a vivir algo de aquello que el historiador español Javier Fernández Sebastián llamó “terremoto político-conceptual”. El sismo que en su momento sacudió complacencias e instigó una conciencia independentista de amor al país que, aunque no logró desmontar una estructura social profundamente estratificada, consiguió la libertad frente al dominio colonial, el nacimiento de la república y la unidad política del territorio en el que iría germinando un sentimiento de pertenencia y una idea de patria, de Estado y de nación. Solo que esta vez se trata de abrir las puertas a un nosotros democrático, republicano y mestizo imbuido de una ética pública y dirigido hacia un horizonte común.
Dije al inicio que se han mostrado viejas grietas en la superficie. Tal vez a través de ellas, podamos encontrar una luz de esperanza. Ojalá! Permítanme citar las palabras del himno que compuso Leonard Cohen: “siempre hay grietas en todo y eso es lo que permite que entre la luz”.
En este momento, aquí y ahora, tal luz podría iluminar esta asamblea para llevarnos a imaginar que fue convocada para deliberar sobre el destino de nuestra nación tanto en la dimensión cultural como en la dimensión política, dos dimensiones complementarias que distinguió Ernest Renan: la primera se fundamenta en una memoria colectiva —lengua, historia, tradición— que genera un sentido de pertenencia. Mientras que la segunda pone al ciudadano en el centro y se basa en la voluntad de vivir juntos bajo leyes e instituciones comunes y es en palabras de Renan, un “plebiscito cotidiano”.
Para que este plebiscito cotidiano tenga real validez se necesitan múltiples espacios con “normas consensuadas” que permitan un intercambio inclusivo, reflexivo y crítico de opiniones entre interlocutores que se traten como iguales. Así, los actores concernidos podrán colaborar y coordinar sus intereses, puntos de vista y propuestas en el proceso que Jürgen Habermas denominó “acción comunicativa”. El Acuerdo Nacional en tanto concepto, documento y foro es una institución, un espacio de diálogo y construcción de consensos en el que gobierno, partidos políticos y sociedad civil apuestan por una racionalidad compartida e inclusiva, en el sentido de Habermas, que hace posible imaginar un proyecto común.
En la palabra “diálogo” el prefijo “diá” implica construir un “logos” “a través de”. Podría decirse compartir la razón. El tránsito hacia una postura dialógica requiere evitar que las creencias se conviertan en cárceles mentales, diría Ortega y Gasset. Atreverse a imaginar algo realizable, no una utopía escapista, sino un diseño básico que permita deliberar de acuerdo con el principio dialógico de Bajtín que pone en relieve que el lenguaje, el pensamiento y la identidad se construyen en relación con el otro a través del diálogo. Un proceso de intercambio entre el sujeto, el otro y nuevamente el sujeto en el que unos y otros se escuchan, cuestionan lo falso, conservan lo valioso y construyen un entendimiento común.
Estos supuestos de inspiración filosófica subyacen e impregnan las ideas que ponen en cuestión los modelos mentales meramente reactivos y para dar lugar a la interacción entre el escuchar y el hablar entendida como la alternancia de una hospitalidad recíproca. Condición necesaria para el desarrollo de una ciudadanía capaz de sostener compromisos colectivos y fortalecer una ética republicana.
El edificio republicano no se sostiene solo con constituciones o elecciones, se sostiene gracias al compromiso de ciudadanos que creen que lo público también les pertenece. Retomando el leitmotiv de esta reflexión, ciudadanos capaces de imaginar —para poner en práctica— la República, esa República que como dijo Faustino Sánchez Carrión ”no se salva con aplausos ni con furias…”
No es necesario insistir en que la nación enfrenta multiples desafīos: Precisamente por ello es necesario procesar duelos no resueltos velar y dar sepultura a nuestros muertos, salir del estilo paranoide intransigente y sectario, superar los enfrentamientos tribales, y enfrentar el crimen organizado con el máximo rigor que permite la democracia.
Un diseño y una narrativa que den lugar a emprender sin prisa pero sin pausa el desarrollo de una ciudadanía activa para que el voto sea expresión de una participación comprometida con la cosa pública (la res publica), que legitime la institucionalidad y las reglas del juego político, que reconozca la diversidad, que promueva la inversión, el crecimiento económico la inclusión y el desarrollo humano.
Una narrativa que ponga coto a la intención hegemónica de los relatos y a los discursos que incentivan el miedo y el odio, acentúan las diferencias y estigmatizan a quienes ven como sus enemigos.
Me presenté como un viejo sanmarquino. Debo añadir: un sanmarquino reformista que piensa que la universidad es la comunidad de quienes enseñando aprenden y quienes aprendiendo enseñan. Alguien a quien el ejercicio de su profesión ha convencido de la importancia de los procesos de individuación y diferenciación que hacen posible que la persona humana llegue a ser más completa auténtica digna y libre. Pero también alguien consciente de los excesos del hiperindividualismo contemporáneo, de que las sociedades actuales priorizan la satisfacción personal, que hay un culto a la inmediatez al consumo y a la tecnología. Que la pantalla y los “algoritmos” de las redes sociales potencian un egoismo hedonista y agresivo. Que los impresionantes desarrollos de la tecnología han hecho que la distancia entre los ganadores y los perdedores (winners & losers) sea cada vez más amplia. Que los imperativos del mercado se adueñen de más y más porciones de nuestras vidas y eclipsen los grandes ideales solidarios, las utopías sociales, los deberes cívicos etc. Esto ha debilitado las bases culturales de la ciudadanía republicana, que exige responsabilidad, participación y compromiso con el bien común.
Además, una plétora de emociones inmediatistas está socavando las posibilidades de dialogar, estrechando las capacidades reflexivas y deliberativas necesarias en el quehacer político potenciando la grave crisis de los valores democráticos y ciudadanos. Adquiere resonancia el aforismo viralizado de Edward O.Wilson: “Tenemos emociones del paleolítico, instituciones medievales y tecnología propia de un dios’.
Lo dicho hasta ahora tiene algo más de una pizca de ese arte de la duda y la creencia, del saber y el no saber de Sebastian Castellio. De lo que creo estar seguro es de que las elecciones del 12 de abril señalan un momento clave para evitar que la crisis actual se agrave y devenga en un caos de tal magnitud que abra paso a soluciones desesperadas. Señor Rector, cito sus palabras: “Recuperemos la convicción de que un mejor Perú es posible, porque ese Perú depende de nosotros y nosotras. No nos resignemos a la desesperanza ni permitamos que nuestros jóvenes caigan en ella. El edificio democrático que otros comenzaron a levantar nos toca sostenerlo. La democracia se defiende, se cuida y se construye votando. Elegir es una responsabilidad y un compromiso con el país. Tu voto es clave.”
La piedra angular de esa extraordinaria creación que es la democracia lleva inscritos dos principios fundamentales como afirma Claude Lefort. Uno, la concepción del ciudadano como ente abstracto, es decir, un individuo despojado de sus particularidades que, igual a todos, tiene el mismo derecho a participar en los asuntos de su sociedad y dos, la definición del poder como un lugar vacío, es decir un lugar que no pertenece a nadie de manera permanente. La cámara de votación, ese cubículo diminuto, es un lugar sacro, decía mi maestro, el psicoanalista Donald Winnicott. La cámara secreta, un ámbito en que el individuo en soledad y a salvo de la presión de la masa asume su responsabilidad y ejerce su derecho a elegir mientras ocupa brevemente el lugar del poder, enfrentado sólo al tribunal de su consciencia.
Max Hernández Camarero